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viernes, 10 de noviembre de 2023

Epístola indignada (Educación en peligro)


A todo dirigente político, a la presidencia actual de mi país,[1]

a las que precedieron y advendrán

S / D

Un maestro es saber hacer lo impensable, lo inaudito;

es enseñar a que otros aprendan a aprender;

es educar a todos: los que serán líderes justos, obreros dignificados, ciudadanos democráticos, personas íntegras, al médico que cura el cáncer y al barrendero que mantiene la higiene de las calzadas para que los desagües no inunden la ciudad, y también a ustedes, integrantes de la presidencia, de la dirigencia, del gobierno;

es brindar alas de vuelos verdaderos -no como los de Ícaro o los mediáticos del minuto-;

es un motor que moviliza, que logra en los otros: lo mejor, incluso lo que ni siquiera se sospecha que existe;

es una profesión que asumió el desborde de curiosidad ya que lo abarca todo, es la profesión que va a iniciar a las otras profesiones, es un arte virtuoso.

 

Requiere habilidad de saber enseñar, formación permanente, cultura y saberes que superen los generales, predisposición y gusto por la diversidad y el cambio, paciencia y escucha activa, ejemplo de buenos modales y conducta, sensibilidad, empatía y equilibrio. 

Comprendo, y acuerdo, pero, ¿por qué me exigen ser pobre y que mi familia también elija serlo?, ¿por qué debo prescindir de un libro, un cine, un teatro si necesito zapatos?, ¿por qué si cuento con todas las habilidades, capacidades y aptitudes necesarias para ser un muy buen maestro, me hacen sentir que las desperdicio al no seguir una profesión lucrativa?

La sacrificada vocación que nos demandan corresponde a su inicio religioso, cuando surgió de la iglesia, de los sacerdotes, de los clérigos, personas de fe que enseñaron la Biblia porque accedió al pueblo gracias a la imprenta–primero con los protestantes, luego con los católicos–, ellos tenían vocación, y el salario no ingresaba en la ecuación piadosa. Tiempo demandó ser oficio y aún más ser considerada una profesión.

Por lo tanto, establecida la importancia, pero, asimismo, visto y escuchado el desprestigio al que apelan, la deferencia con la que estiman nuestros sueldos, informo que:

–No quiero que me subestimen con la muletilla de las cuatro horas y las vacaciones de tres meses. Están hablando con una buena maestra que se enoja / entristece cuando escucha esas mentiras y que tiene una familia que sufrió su ‹‹profesión››, y tal como ese médico al cual recurren cuando se sienten enfermos o al abogado por un problema legal muy serio o a la diseñadora de alta costura para un traje de novia, es decir: cuando quieren lo mejor y asumen el costo; también quiero ingresar en ese rango de expertos bien pagos. Y no solo porque nos enteramos que en las escuelas a las que asiste su progenie, la cuota mensual –sin agregados de uniformes, comedor, transporte y tantos varios– supera con creces el salario mensual de un docente estatal, y la infraestructura de una de sus aulas supera un edificio escolar –imposible comparar los campos de deportes, los salones de actos, los… los… de lujo y tecnología– , la solución es evidente: envíen a sus hijos y nietos a las escuelas del estado, esas escuelas de las que ustedes deben ser responsables. Y por ley, para que no se pueda eludir, al menos, legalmente.  Seguro que así las escuelas estatales van a estar a la altura y necesidad de todos los hijos.

–No quiero que me endilguen tareas y funciones que me alejan del tiempo de enseñanza y aprendizaje, no quiero enfermarme ni paralizarme en la queja, ni formaciones academicistas que se agotan en un aporte reflexivo. No soy médico, ni asistente social, ni cocinera, ni psicóloga, ni agente de seguridad, ni terapeuta, ni enfermera, ni abogada, ni electricista, ni pintora, ni albañil, ni mendiga, ni víctima. Y no, no tengo súper poderes porque si para ser maestra, se requiere haber recibido ‹‹el llamado divino de la vocación›› y ser una especie de heroína altruista, con dedicación absoluta, sin familia y devota…

–No quiero ser maltratada porque la violencia es impune.

–No quiero quedarme fuera de horario porque los padres no retiran a sus hijos. Los chicos se sienten desamparados, olvidados y  aunque fuera una sola vez para ellos, se suma a las veces de los otros (permítanme un momento libelo y variopinto de excusas escuchadas: ‹‹yo también estoy trabajando››, ‹‹me quedé dormido en la siesta››, ‹‹me peleé con mi novio y no fue a buscarlo››, ‹‹creí que le tocaba al padre, abuelo, tío, primo…››, ‹‹se me olvidó la hora por la telenovela››, ‹‹fueron a los penales››, ‹‹el colectivo siempre se demora››, ‹‹fui primero a buscar al hermano››, ‹‹me quedé tomando un café con un amigo que no veía hace años››, ‹‹tenía turno en el dentista››, ‹‹seño, es que vino el novio de viaje››, no avanzo en la que brindan los nenes porque son dolorosas y máxime cuando ya están adiestrados a que los olviden). Ni mencionar si la demora de otros nos acarrea retirar tarde a los nuestros, y debemos localizar y movilizar al más alejado de la parentela, al más solícito de nuestros vecinos para que esto no ocurra y vaya urgente a buscar a nuestros hijos. Porque no, no y no: los chicos no se acostumbran a ser olvidados, no deben acostumbrarse a ser olvidados, es despiadado.

–No quiero permanecer refugiada en la comisaría hasta la noche porque la escuela no es un sitio seguro y la familia no fue a retirar su hijo.

–No quiero solucionar los problemas de la sociedad, ni ser oídos cautivos de cualquiera que se crea con derechos para usar nuestro tiempo en su catarsis.

–No quiero prohibir a los chicos correr en el patio porque pueden tropezar y caerse, y luego debo enfrentar la furia de padres ineptos que me agreden porque se accidentó jugando o aún más terrible: exigen castigos y penas al ‹‹culpable››, un culpable de ser chico a igual que su hijo, ambos desesperados por jugar.

–No quiero que reduzcan la educación inclusiva a buenas voluntades que no discriminen.

–No quiero que la avaricia, la especulación, la corrupción y el oportunismo sometan a un futuro ignorante a mi amado país. No se ahorra en Educación.

 

Y, por último, en miramiento a lo dicho: transparenten sus ingresos, viáticos, beneficios, regalías, excepciones y comodidades con tanta soltura como publican los nuestros.

Sírvanse por notificados.

Atte.

Educadora Indignada con toques alarmantes de impotencia.



[1] Disculpas por los plagios que utilicé en esta carta a mis propios escritos, pero era necesario ratificar mi encono con la coherencia de los mismos argumentos. Repetir, repetir, repetir, ¿y, qué algo quede?

miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Qué querés ser, cuando seas grande?


¿Qué querés ser, cuando seas grande?



Pregunta en la que abrevamos la mayoría de los que ahora somos grandecitos, y en su mayoría, muchos queríamos ser astronautas. ¿Recuerdan? También aparecía, “¿Tenés novio?” que no aguardaba nuestra respuesta, sino miradas socarronas entre los adultos. 
Tiempos fáciles, de juegos en las veredas y rodillas peladas: en el patio de la escuela se podía correr y ningún padre iba a cuestionar encolerizado a la maestra sobre por qué estábamos corriendo y qué hacía ella cuando nos caímos, ¡un poco de agua oxigenada y a seguir corriendo! Ahora se requiere el llamado a los padres, a la emergencia, labrar actas, lidiar con la paciencia que comienza a huir en aras de la búsqueda del sentido común… y prohibir que corran en el patio. ¿Dónde van a adquirir reflejos: esa destreza para maniobrar y esquivar a los otros doscientos o más, que también se encuentran corriendo? ¿En un vídeo juego? Avanzamos en los disparates y en rubicundas inutilidades.
No le preguntaría a un chico que quiere ser de grande, le pediría a los grandes que dejen a los chicos: ¡ser chicos!

Los que de niños aguardábamos la llegada del 2000 con vuelos espaciales surcando los cielos nos dimos un porrazo. Lo humano avanzó pero no hacia los cielos sino desaforando la comunicación.

La revolución industrial en su inicio fue cruenta, desde hordas de niños hacinados en fábricas a adultos que se desmayaban de pie frente a la línea de producción, pero luchas y muertos mediante, trajo las ocho horas, leyes laborales y vacaciones. Y, ¿qué hicimos? La idea era que los robots encararan las tareas y se  lograrán menos tiempo de trabajo, y más horas de ocio, arte y vida con la familia sin embargo devino en más horas de trabajo, menos disfrute y apenas ratos para estar con el otro, y ni mencionar a los niños: ¿cada vez más tiempo de escuela?

Melancolía al revés, nostalgia de lo que no fue.


Melancolía Nostalgia


miércoles, 12 de julio de 2017

Únicos como todos, comunes como todos, raros como todos, felices, ¿cómo todos?


Únicos como todos, comunes como todos, raros como todos, felices, ¿cómo todos?


Lo normal es apenas una estadística de lo que se supone abunda. La falacia de creer en grupos “normales” etiquetaba y restringía, nunca conocí un grupo de alumnos homogéneo –aunque lo hubieran organizado con el famoso test del ABC- , jamás integré un grupo homogéneo, en perspectiva: sólo éramos más dóciles y ese siglo terminó hace tiempo.

Ser raro no es un tema que pueda ubicarse exclusivamente como actual no obstante ahora esté adquiriendo cierto matiz más interesante, además de algunos que por todos los medios quieren el famoso minuto mediático para lograrlo, sin embargo no avanzaré en una reflexión de modas que me aleje del tema que quiero tratar: Diversidad e Inclusión –con un adrede en mayúsculas-.

La educación inclusiva no debe reducirse a buenas voluntades que no discriminen. Los que hemos trabajado en proyectos inclusivos, hemos observado y nos maravillamos con las ventajas y resultados. Un grado que incluye a un chico con una de las etiquetas que ahora son tan publicitadas –y comerciales-, es siempre un grado que potencia sus mejores cualidades, lo he visto infinidad de veces y es un hecho que alienta, ahora bien, ¿cómo se logra? Primero con lo esencial, los chicos no tienen límites y desde esa premisa, el inicio abre todos los posibles, y la felicidad de un alumno en lo educativo tampoco puede restringirse, la de ninguno. Los grados adquieren valores de comprensión, solidaridad, respeto y modales que no se dan en otros como también sabemos: la educación inclusiva es cara; demanda profesionales e infraestructura, no es una cuestión simplista de un discurso que suene progresista y de avanzada. Abarcar la calidad y experiencia educativa de la escuela especial[1], con su infraestructura edilicia, sus maestros preparados y los equipos de profesionales –psicólogos, psicopedagogos, fonoaudiólogos, y no sigo nombrando para no excluir por desconocimiento-, con sus grupos reducidos de seis u ocho alumnos, en la escuela primaria común, en el grado promedio de treinta alumnos, con las ya existentes precariedades de décadas, demanda inversión, responsabilidad y compromiso de las políticas educativas. Una criatura, treinta criaturas no tienen que esperar porque queda bonito y vanguardista el discurso.

Un alumno con capacidades cognitivas para un segundo grado ubicado en sexto es un hecho real y muy MUY positivo, cuando se sustenta con una familia que acompañe, con un proyecto de integración/inclusión y un maestro integrador diario, no uno que “monitoree” once escuelas.

Un alumno que arroja bancos y sillas sin motivo que resulte aparente, ¿por qué en las escuelas privadas no ingresaría sin acompañante terapéutico, supervisión médica, horario reducido o lo que orienten los equipos de profesionales a los que son derivados, y en la estatal, por decreto: va sin asistencia, sin ayuda, sin ningún tipo de asesoramiento y sólo cuando espanta o lastima a sus compañeros, a sus docentes, a los padres, a la escuela…?

¡Por favor! ¡Son niños! ¡Todos!

Vayamos a los nombres con los que se define nuestra estructura educativa actual: en la escuela denominada común, las maestras y su formación es común; en las escuelas especiales, la formación de las maestras es especial. Si lo pensamos en números, en una escuela especial, con una estructura institucional y curricula especial, una maestra especial trabaja con 6 u 8 alumnos; en la escuela común, la variable va de un mínimo de 20 a 45… y, ¡todos la necesitan!

¿Entonces? Como todo lo importante, requiere esfuerzo, se logra con profesionales y escuelas que trabajen en simultáneo, con padres que no dilatan estudios por dos años aun viendo a su hijo poner las manos en la estufa o meterse tornillos de 10 cm en la boca; se hace trabajando en serio, sin muletillas ni eufemismos que maquillen, en hechos y no sólo por decreto. Y sí: se puede, se logra y los resultados son maravillosos –los chicos siempre sorprenden, todos-, pero no puede dejarse sólo en la voluntad del maestro, la familia o la escuela de turno.

Porque lo real es que las familias que no desobligan su responsabilidad, ya en nivel inicial, han realizado las actuaciones para sus hijos. Y no banalicemos en la situación económica de las familias, cantidad de ejemplos nutren que la responsabilidad y el amor no son exclusivos de sectores sociales.  Tampoco son situaciones de un año, un maestro o una escuela; la familia es la primera en conocer y actuar pero cuando la negación o la comodidad prevalecen, es la escuela la que deberá suplirlo, ¿y, cómo? Suele demandar dos o tres años desgastantes, con avances y retrocesos, agresiones e ingratitudes, en una escuela que ya también era necesaria para todos los chicos que aprenden.

También me pregunto, esa exigencia que recibe la escuela común, con sus recursos tan comunes, con sus edificios tan comunes, con sus salarios tan comunes, ¿se aplica a la sociedad? ¿Un empresario va a incluirlo entre sus empleados? ¿Seremos pacientes en un trámite si depende de alguien “diferente”?

Retomo “el se puede”: si la escuela sólo fuera de canto, y asistieran tenores y sopranos, y yo: con mi vocecita apenas audible. ¿Cómo incluirme? De existir micrófonos, alguien que estimulara mi oído o mi capacidad de enseñar, organizar… Nunca podría ser soprano pero encontraría un qué aprender que me estimulara, ¿tal vez, dirigir el coro? Es lo que amo de la enseñanza, la infinita y apasionante diversidad.

Voy, ¿logrando explicarme?

La educación inclusiva es onerosa, se necesita crear la calidad de la educación de las escuelas especiales, y eso implica una alta inversión. Ya resulte en lo conductual: acompañante terapéutico o en lo cognitivo: maestra integradora, o en ambas –y acá el profesional es más difícil de conseguir- además del instituto que coordine y avale lo que debe realizarse. Las mutuales no cubren el costo por lo cual se debe tramitar el certificado de discapacidad –espantosa designación, ya al pronunciarlo crea aprensión, y si mencionamos: un Borges, ciego; un Beethoven, sordo, un atleta con una sola pierna que salta más de dos metros, ¿ellos son discapacitados?-….[2] Eso, siempre y cuando los padres se ocupen porque cantidad de veces por comodidad o por la natural negación, transcurren años hasta que se pueda realizar lo que se requiere. Las escuelas especiales cuentan con once o doce maestras designadas a monitorear más de cien escuelas, con salarios de docentes, muy lejos de los aranceles de los profesionales privados. Ni mencionar a la Dirección que será la que avale las Actas y compromisos.

En definitiva, lo dicho: ¿los empresarios les brindarán trabajo en las empresas?, ¿los empleados los aceptarán de compañeros cuando el horario se demore porque la tarea no se realizó en el tiempo o deban realizarla ellos?, ¿las otras familias no irán a increpar a los directivos y maestros porque su hijo terminó en el médico cuando recibió una pedrada en el ojo por uno de los episodios de un compañero “diferente” porque todavía no se ha podido realizar nada de lo necesario… o ¿la inclusión sólo se exige a las escuelas porque un decreto lo señala?

Y en este devaneo, en este laberinto de reflexiones, la reiteración y cierto enredo: no es casual. A veces, repetir y repetir, y repetir diciendo lo mismo, gritando con otros gritos, sumando explicaciones: logra ser escuchado.

NO SE AHORRA EN EDUCACIÓN.

El oportunismo, la avaricia, la especulación y la corrupción someten a un futuro de… ¿es difícil imaginar? ¿Alguien quiere vivir así?

Y en orden de ser escrupuloso: el nacer también arrastró aun para los del siglo pasado, más posibilidades pero, y, ¿el vivir? Si nacemos casi la mayoría, derrotamos lo imposible, ¿cómo sigue el asunto? Y, ¿si quiero pensarlo extraordinario? Y, ¿si quiero apostar a que la alucinante diversidad nos asombrará con un futuro mejor? No es tan difícil, cualquiera sabe que la variedad es lo que crea los cambios y mejoras.

La pucha, ¿cuánto falta?

Mundo mejor





[1] En Argentina, se denomina así a la modalidad: Escuela especial.
[2] ¿Cómo resultará en otros países? 

viernes, 9 de junio de 2017

¿Maestra o la "imprescindible doméstica educativa"?

¿Maestra o la “imprescindible doméstica educativa”?[1]


Mi primer acercamiento al des-funcionamiento del sistema educativo lo percibí estando recién recibida de profesora de enseñanza primaria –título ampuloso que se traduce como: “maestra”, después vendrían otras linduras que involucraron la temible EGB: “Educación General Básica” y que debe alcanzar singularidades más pintorescas según el lugar del orbe que se sugiera—. Como señalaba: maestra novísima, había iniciado seis cursos para contemplar la aspirada capacitación desde un plano directo, y ¿qué encontré? Entre los cinco olvidables –tendría que recurrir a los diplomas porque las dos neuronas que se desempeñan en la memoria están atascadas desde el siglo pasado lidiando con información inútil-, destaco el que me encandiló: “taller de escritura”.
Devoré las clases, me maravillé, hasta que llevada por mi prolífica curiosidad espié el título del libro, que siempre estaba en manos de la licenciada: “Taller de escritura”; suponen bien, de inmediato lo compré, lo leí, y ¡devastada!, descubrí que el curso que me embelesaba era el plagio activo del libro de otro.
Difícil reencontrar la inocencia del perfeccionamiento perdido. Años de cursos, cursitos y cursadas: emblemáticas horas apenas salvadas por algún magistral y aplicable recurso o estrategia, o herramienta, o receta, o disparador,  o “como la moda del momento le defina”, me resultaba útil para aplicar. Porque mi habilidad es enseñar, soy maestra y no soy maestra porque me titularicé como tal, lo soy porque mis alumnos aprenden, ¿parece sencillo y evidente? No se confundan, no lo es, enseñar es un arte, un arte exclusivo, y a los hechos me remito: ¿Por qué los alumnos no aprenden? Y, ¿no será…? Porque no se les enseña.
Mediar entre los aprendizajes y el aprendiz.
En cualquier tribu decente, por más mínima que ésta resultase, la educación se dejaba para el más idóneo: “el más vivo de la tribu”, y sin dudas, la situación evolucionó hasta llegar a las Universidades, entonces, ¿por qué se nos niega el Templo del Saber?[2] Y ustedes me dirán que no, y es cierto, yo puedo estudiar en la Universidad, sin embargo y he aquí el escollo: no mi carrera; para seguir mi carrera, deberé estudiar otra. No interesa si soy una exitosa y brillante maestra, deberé iniciar una carrera afín: Cientista de la Educación o Pedagogía, ambas muy interesantes pero que no me identifican y el hecho es contundente, en ninguna de las dos carreras se les exige ser maestra, por lo tanto no constituyen su enriquecida continuación.
Un biólogo no supervisaría a un médico porque resulta más inclusivo –genial comentario oído entre los asistentes de un Congreso, lamentablemente, no registré su autora-, entonces, ¿qué argumento valedero hará que resulte creíble que un Cientista de la Educación que se asoma recién en quinto año a la Escuela primaria pueda, luego, “iluminarme”? Y ahí, precisamente ahí, se inicia el divorcio educativo: la maestra convive con maestras, compartiendo feliz su recetario hasta que descubre que la “paella a la valenciana, a la vasca y hasta para celíacos” que hace veinte años viene preparando, ahora le resulta insípida porque se encandiló con la parafernalia idiomática de los tres tomos de la hermenéutica diatópica del “arráuz blank” (arroz blanco). Y lo más triste, abandonó su sabrosa paella por el publicitado y prestigioso arroz blanco, porque… ¿cómo seguir preparando con seguridad paella cuando se ignoran los pormenores significativos, la historicidad geográfica,  o la diatriba ética del origen etimológico: “del árabe hispano arráwz, del árabe clásico aruz o del griego ρυζα”, arroz blanco? Mordacidades metafóricas a un costado –no muy lejos, he de admitir—, tanto como nos apasiona enseñar: nos enamora aprender y de allí el origen de mi texto.

Resulta harto inmediato crear la carrera “Maestra o Maestro” y que la misma arbitre su propia órbita de especificidad. No podemos avanzar entre tardías devoluciones, el laboratorio escolar no puede estar fuera de la escuela y sus científicos e investigadores no ser en inicio: maestros. Considerar a los ascensos directivos como eslabón de la carrera no es alentador, primero porque los hechos nos arrojan la aleatoriedad con los que estos pueden ocurrir —innumerables veces, sólo se requiere antigüedad: haber vivido y envejecer— y segundo, porque la simpleza de los números evidencian que existe una directora o director por escuela, es decir: una sola persona que desarrollaría su carrera, al menos económicamente.
Fíjense qué irónico, la palabra maestría significa: arte y destreza de ejecutar algo, título de maestro, por lo tanto: ¿una maestra sin maestría?

Pero continuemos; abramos el título del escrito: “Imprescindible doméstica educativa”, ¿qué acusa tamaña mordacidad? La categorización del sueldo, la estigmatización social y el desprestigio profesional no son gratuitos; la maestra ha sido embutida en infinidad de tareas que han relegado su función de enseñar; sus haberes salariales entran en competencia con una empleada de limpieza por horas y su preparación académica ha sido abandonada al extremo de no habilitarla en el manejo de la ortografía o la caligrafía cursiva, y sin embargo se necesitan masivamente, redundantemente: cada vez más.


¿Con esta mezquindad de recursos se construirán los recuerdos?

El vocablo “recordar” acusa una etimología exquisita: del latín “recordare” se compone por el prefijo “re” – “de nuevo” y “cordare” que proviene de “cordis” – “corazón”, que es donde se pensaba que residían las facultades de la memoria. Y aunque esa bella figura resulte errónea, lo ponderables es que esta obrera artesana de la educación no puede ser simplificada, en sus manos está la transmisión de la cultura de nuestra sociedad, entonces: ¿qué pasado estamos generando?, ¿qué recuerdos del corazón se acuñarán en una insípida y escasa fábrica de la memoria? 

Crear recuerdos





[1] Licencio un momento la mordacidad recalcitrante, y afino un poco la seriedad: Pasen y vean: Sobran los motivos.
[2] Categorización aplicada en referencia a Argentina, sin embargo, acusando diferentes matices y singularidades, es susceptible de uso en casi todo el mundo: los maestros de la educación primaria no se forman en la Universidad.

viernes, 2 de junio de 2017

Adaptaciones e indicios en la Escuela: Fauna docente

Adaptaciones e indicios en la escuela


1-

Fauna docente[1] 


Espécimen  I  Juana  Papelito


En la fauna docente, hace varios años que reina la cautivadora Juana Papelito”. Sumergida en cientos de vistosos Proyectos, es la majestad absoluta e indiscutida del Verso Pedagógico. Jamás la encontrarán trabajando en un Hacer real y productivo, lo de ella es de una creatividad superior, única e impertérrita; sus alumnos de ningún modo repiten de grado, son los mejores, los más ingeniosos, los más de los más; han sido por ella alentados a su máxima expresión, eso sí no cometa la chabacanería de pretender que sepan algo totalmente inservible como la ubicación de un río, las tablas de multiplicar o simplemente leer; son los alumnos de la falacia consentida de las muy buenas calificaciones, en aras de aprendizajes que se darán mágicamente porque como es bien sabido, los alumnos aprenden con o sin el maestro, ¿entonces?, ¿para qué hostigarlos con evaluaciones obsoletas y precisas que puedan demostrar que los susodichos genios no saben casi absolutamente nada? Eso deberá averiguarlo la sufrida maestra que las preceda y que deberá lidiar con progenitores exacerbados que han sido convencidos de la ocurrente y aguda inteligencia superlativa de sus vástagos; maestra que si osa cometer la imprudencia de sospechar y aún más insolente, mencionar, que Juana Papelito es un frívolo fraude se verá en más que un aprieto porque Juana Papelito domina el arte excelso del ya mencionado “Verso pedagógico” que hará que la desfachatada maestra pise el polvo del conductismo y de todo el yuyaje retrógrado y arcaico que ha “bloqueado” la autoestima de sus maravillosos alumnos y no les permite aprender.
 ¡Qué poder el de estas Juanas, inclusive convencieron e hicieron garra de la corrección, maestras de décadas no osaban ni marcar una tilde con rojo, guay del que increpase un error y detuviese la creatividad! ¡A aprender del error y que éste lo descubra Montoto porque Juana Papelito jamás osará desalentar la idílica producción de sus alumnos con turbios trabajos de laboriosa dedicación y esmero, no es una represora, vale retro[2]!
¡Y qué comunicación con la familia, con qué arte les manejará la culpa de la falta de “cantidad” de tiempo a sus hijos y conseguirá que dediquen “calidad” de horas a maquetas, experiencias, láminas y cuánta original ocurrencia surja del Proyecto que hará lucir a Juana Papelito a dimensiones celestiales, eso sí y por supuesto, en el más absoluto secreto del origen de los trabajos, ya que tácitamente, los padres, abuelos, tíos y quien adulto se ofrezca, jamás admitirán ser los artífices del tamaño logro que dejará tan bien parado al apático retoño!


Espécimen II   Juana Beso


Pero hete aquí la cuestión: sin definir si es una evolución o una nueva especie, ha surgido recientemente “Juana Beso”, ésta ocurrente mutante ni siquiera necesita leer ni asistir a los millones de cursos que frecuentaba con altanería y dominio Juana Papelito, a ella le basta el amor, es la deliciosa manipuladora del “Verso afectivo”, ella es la que con amor todo lo puede; lógicamente, exceptuando el panfletario amor al trabajo, al estudio, a la preparación de ejercitaciones, a las horas de corrección y tantas otras pérdidas de tiempo que realizan las maestras comunes y ordinarias que logran con salvaje esfuerzo enseñar para que sus alumnos aprendan; porque, ¿qué se obtiene pretendiendo torturar a los alumnos con mapas, problemas, lecturas y odiosas y nefastas actividades extraescolares, vulgarmente denominadas tareas?; ¿no es sabido acaso, lo que sufren los alumnos en este mundo de tanta crueldad adulta, no ven los conflictos de odio en las noticias?
Si tiene oportunidad de encontrar alguna, observe la maestría de su utilización reciclada de los Derechos del Niño, ¡vamos!, ¡atrévase a enfrentarla! Tendrá hasta temor de que por su falta de amor los alumnos quieran apedrearla porque usted cometió la insolencia de pedirles que ingresen a clase, ¿no vio cómo disfrutaban el recreo, cuánto necesitaban esas criaturas su independencia, es tan ignorante que desprestigia los aprendizajes que se obtienen a través del juego? Horrible de los horribles, ¿es usted una envidiosa resentida discriminadora que no sabe lo que es el amor de los niños, quiere coartarles la libertad, acaso usted no tiene un niño soberano en su interior? No se reprima, suéltese, sea rebelde, transgresora y sobre todo, abogue por reglas más permisivas que le permitan crecer en un interior de auto conocimiento, porque ya sabe, que quien no se quiere a sí mismo no puede querer a otros y que mejor que quererse a sí mismo y mucho, mucho, y utilizar todo el tiempo que pueda y el que no pueda, en usted.

Espécimen III Juana virtualidad


Actualmente está en construcción Juana Virtualidad” pero esta metamorfosis todavía no ha definido bien sus alcances y logros, se encuentra en plena génesis sin embargo, ¡estén muy atentos!, porque la tecnología que trae esta nueva Juana es devastadora. Ella es la nativa del Verso Informático, ni siquiera deberá moverse de la silla, con sólo buscar, copiar y pegar, logrará los más inauditos brillos, aunque jamás alcance a sobrepasar las operaciones básicas de una calculadora científica, su informada sabiduría es incuestionable. Ni destacar la fértil tierra de fábulas que le otorga a las computadoras poderes y habilidades casi insondables; misteriosos e intrincados dominios extraordinarios que no serán alcanzados por un maestro anticuado que se enreda con el tono del teléfono celular y pretende que sus alumnos conozcan de memoria, sí leyó bien, ¡de memoria!, el abecedario.

Espécimen original: Juana carpeta prestada


Y así es, como de la simplona Juana Carpeta Prestada —no es necesario ni describirla—, se ha llegado al virtuosismo de la pereza y haraganería de las otras Juanas, porque no perdamos el candil; lo que motiva a estas Juanas y en eso no hay modificaciones, es la simpleza de trabajar lo menos y parecer lo más.

Maestras haraganas¡Avancen las ociosas Juanas con sus versos libertinos! ¡El disoluto mundo de la ignorancia es inmensurablemente vasto y gracias a la globalización del estado mercado y al desinterés de los padres, totalmente a su cómodo alcance!






[1] Artículo de opinión aparecido en la Revista Iberoamericana de Educación / Revista Ibero-americana de Educação  ISSN: 1681-5653  n.º 53/7 – 10/10/10
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)
Organização dos Estados Iberoa-americanos para a Educação, a Ciência e a Cultura (OEI)
[2] Juego de palabras que combina el “vade retro” de la expresión latina “vade retro satanás” con nuestro “vale cuatro” del pícaro juego de cartas del truco. 

viernes, 26 de mayo de 2017

Adaptaciones del cachorro humano. Tercera entrega

Adaptaciones del cachorro humano[1]


Usualmente encuentro textos sobre las “nuevas infancias, las nuevas adolescencias” y es un tema que lejos de trivializar me ocupa por la carga que conlleva la palabra “nuevo”.

 Cuarto indicio:
—Y acá sería oportuno crear un “a”, un “b” y un “c”—.

a-    Los educadores han sido sometidos a las vanguardias de las modas pedagógicas, y así se han creado desmadres al punto que hasta se les cuestionaba la corrección; adicione también todas las vacilaciones que les proporcionan las nuevas tecnologías y el hecho de que los alumnos en “ciertas” —y destaco muy bien el “ciertas”— áreas simplemente saben más. Es categórico: los nativos digitales nos dejan boquiabiertos, no hay preparación posible que nos logre ubicar en su espontáneo desenvolvimiento tecnológico; algunos de nosotros lograremos con esfuerzo y persistencia alcanzar a ser inmigrantes digitales, los más, apenas llegaremos a ser turistas o directamente, eternos extranjeros; por lo tanto: jamás conquistaremos el entendimiento preciso de por qué se ríen o cómo manejan un celular nuevo cómo si su funcionamiento alguna vez les hubiera sido explicado.

b-  El aburrimiento, ¿por qué se asocia el aburrimiento escolar a las nuevas generaciones? Nosotros y antes de  nosotros, en la escuela nos aburríamos; la diferencia era la docilidad, en la mayoría de los casos aprendíamos junto al teorema de Pitágoras o el predicativo obligatorio, la paciencia para tolerar estoicamente lo que no nos interesaba y al maestro o al profesor que también estaba aburrido e impartía clases que tampoco le interesaban. No son originales en ese punto, todos los alumnos o los educadores en algún momento o en la mayoría de los momentos se han aburrido. ¿Quién dijo que debía ser siempre entretenido?
Podemos señalar que somos curiosos y que el aprender es una necesidad en casi todos, pero cuántos están capacitados para enseñar; ¿cuántos educadores recuerdan, que hayan logrado enseñarles? De todos modos, y probablemente en respuesta a nuestros padres, “nos portábamos bien” y los pocos que no lo hicieron, eran considerados inadaptados; así como también esos maestros que nos enseñaron pasaron a ser memorables.

c- La velocidad. Hace un tiempo que decimos: “detengan al mundo, me quiero bajar” y sin embargo, más allá de la humorada de querer detenerlo, lo que nos resulta difícil es no caernos. ¿Cómo sostener la paradoja de la tensión de la permanente aceleración con la apatía casi inanimada de los alumnos?
Todo parece ser ayer sin embargo el ahora es un mamut extinto e implacable; nos demandan una actualización rabiosa para el desenfreno insurgente de sabernos obsoletos, pero ¿es así? Tranquilos: aprender a enseñar es atemporal, nunca se termina de aprender a enseñar como tampoco nunca finalizamos de aprender todo lo que se nos enseña.

Posible cuarta adaptación:

La inmediata y directa: se niegan a estudiar pero atención: no se niegan a aprender —y allí, encontramos la brecha para enseñar—.
Descartan a los educadores con la indiferencia: envíos de mensajes de texto en plena clase, uso de auriculares y cuanta manifestación antagónica al arcaico profesor les parezca oportuna.
Asumen como natural la eternidad en repitencias del secundario o la consistencia de iniciar y dejar tantas carreras como los bolsillos y la paciencia paterna puedan soportar.
Esgrimen que no hay profesiones que los satisfagan y que las que existen, no van a proporcionarles un futuro, dado que el futuro avanza ignorando cuáles serán los trabajos que sobrevivirán.


Quinto indicio:
Los niños son para la mayoría: sujetos de consumo, inacabables y productivos sujetos de consumo. No necesitan nacer para que ya se les ofrezca lo que precisarán que se les compre. Y en este tener ser infame, no nos engañemos: si un juego de computadora reemplazó a un abrazo, deberíamos cuestionarnos qué ocurrió con ese abrazo. No somos seres de compra venta, no hay publicidad posible que pueda tergiversarnos, siguen siendo los sentimientos, las emociones, aún la pérfida avaricia, lo que mueve al mundo.
Las emociones mueven al mundoYa lo dijeron los poetas: “sólo necesita amor” y me gustaría conocer una sola persona que sería capaz de cambiarlo por un lavarropas o un auto deportivo. Entonces, ¿por qué asumimos que una hamburguesa “feliz” en un sitio idílicamente preparado va a suplantar a las galletitas húmedas del termo que siempre pierde, compartidas en una salida con la barra de amigos ó cómo un chat puede suplantar la maravilla del primer beso?
Lo mediático nos acosa, nada parece importar más de un día o en el mejor de los casos una semana. Todos necesitan su minuto de fama para existir, ¿dónde? ¿En la pantallita? ¿Cuánto tiempo de vida real nos demandará ese simplón minuto? ¿Qué corromperemos para poder ser vistos? ¿Por qué desperdiciar vida en el cuento de una fama tan insulsa?  

Posible quinta adaptación:

No nos mintamos, lo importante lo sigue siendo, los espejitos de colores no pueden cubrirlo y ésa es una de las razones de que los niños o los adolescentes estén tan tristes y apáticos, les están vendiendo una realidad sintética e insípida, y ellos intuyen el fraude. ¿Necesitarán suicidarse para demostrarnos que no les consolaba lo que había para comprar? ¿Embarazarse a edades cada vez más temprana para sentir que pueden amar? ¿Vestirse como mini adultos para que la ropa sólo sea algo que debe ensuciarse al jugar? ¿Atiborrarse de vicios para que los atiendan como niños? ¿Volverse insensible para que los horrores diarios no los mortifiquen? ¿Paralizarse en continuas quejas?
¿Cambiar de canal, apagar el televisor y crear sus propios medios de comunicación en línea?


Sexto indicio:

La familia. Se considera a la familia nuclear una especie en extinción, pero en esa vitrina de película, ¿cuántas familias de otros tiempos hubieran sido fidedignamente aceptadas? Consulten, y van a encontrarse a abuelas que soportaron lo indecible en aras de las apariencias y las buenas costumbres porque los sacrificios para sostener los casamientos eran un bien sin discusión; no obstante siempre existieron los hijos fuera del matrimonio —todos conocemos a varios de nuestros ilustres héroes contemporáneos que ingresaron en ese rol aunque las apariencias quisieran disimularlos—; y también, hombres o mujeres homosexuales que reprimían o escondían una vida paralela en un penoso sufrimiento. Entonces, si vemos que existían aunque no se develaran, ¿podemos mencionar estadísticas, cuando no se pueden obtener datos? 
También cabría señalar que hemos aumentado considerablemente nuestro promedio de vida, y que el “para toda la vida” es cada vez más difícil cuando ésta sobrepasa con holgura los 40, y convengamos que en las muy favorables condiciones que se sobreviene a los cuarenta. ¿Abuelito a los 40, posible, pero qué abuelito? Seguro que no, él que se sentaba en la plaza con otros abuelos a ver las palomas.
Divorcios, familias disfuncionales, abuelos criando nietos, tíos criando sobrinos, padres homosexuales, padres solteros, madres solteras, ¿cuál es la familia común? ¿Se puede tildar a la ausencia de la familia común como la culpable de los niños actuales, cuando son precisamente en la cotidianeidad social, mayoría, las familias que no lo son?

Posible sexta adaptación:

Y he aquí uno de los temas en que se evidencia que lo de siempre funciona para los hijos; no importa la organización familiar sino cómo ésta se interesa por ellos. Nos asomamos a familias de todo tipo y la generalización de resultados no es matemática, casi como la misma naturaleza humana, las estadísticas no importan cuando se trata de uno mismo, ser el único o uno de los 99, no es un dato que nos asegure el vivir y lograrlo. Y, si existe el amor, la familia como tal asumió el tipo necesario para que el cachorro humano encuentre en su hogar la intención de ser feliz, porque de eso se trata el asunto.

Porque por lo visto, las familias también se están adaptando, transforman sus hogares en permanentes sitios de reunión para que sus hijos y los amigos de sus hijos tengan espacios de juego y ya adolescentes, prosigan con el hábito de ese deambular seguro entre casas; crean límites definidos de respeto basados en las necesidades de la convivencia; establecen situaciones de diálogo en donde el “no” del adulto debe ser creíble desde el ejemplo y la confianza en la autoridad; estimulan sus inclinaciones artísticas para que encuentren una forma auténtica de expresión de la genialidad y la rebeldía, los miedos y las angustias; les enseñan a cuestionar la masificación del consumo porque a ellos también les resulta arduo evadirla; en definitiva: están para ellos, aun cansados, equivocados o acertados, temerosos y azotados por las miles de injusticias diarias, son familias que están para ellos y ésa es la familia que necesitan.


En conclusión abierta: el cachorro humano se está adaptando, muchos lo harán de manera exitosa, otros tropezarán y caerán en la marcha, algunos podrán ser ayudados, otros serán ellos mismos los que se ayudarán o brindarán ayuda. Lo cierto es que nos necesitan; nos están pidiendo a gritos sordos, con demandas inverosímiles, con exigencias inauditas y soluciones impensadas.
Es más, en este encierro urbano al que nos sometemos —porque también los adultos estamos en las mismas—no coexistimos ilesos, están surgiendo tantas enfermedades como situaciones de infelicidad padecemos, y en este aspecto, son ellos los que llevan ventaja porque están utilizando la era de la comunicación para no aislarse. En lo que está deviniendo, ya al hablar de nuestra niñez, parece un relato de ciencia ficción.

Lo primero como familia será: no estar solos nosotros, tampoco el adulto está preparado para la soledad. Y luego, no los dejemos solos, el castigo resultaría en una adaptación que nos abandonaría en una escasa categoría de humanidad.
Sobre lo segundo, ¿qué puede hacer la escuela con su añejada estructura? Exactamente: hacer. Un hacer transgresor, sanguíneo, pasional, entregado que contrarreste a estos tiempos fraudulentos, tibios y licuados; ser maestro no es una profesión para cualquiera; vapuleados y relegados a ser los domésticos educativos, en sueldo y categorización social, son sin embargo los que están dando rostro a una sociedad que se envilece en la impunidad y el desasosiego; creando en la escuela, uno de los pocos lugares saludables donde muchos niños encuentran la normalidad.

No estamos siendo felices, y la reflexión arroja  la poca paciencia que generamos para vivir, y  vivir no puede ser un acto vacío de espera.

Si el maestro enseña, el alumno aprende;  una solución evidente que ataca una  plataforma compleja y de avances educativos en inflación permanente, y la respuesta se ubica en la escuela, en el laboratorio real de prácticas docentes innovadoras y desafiantes. ¿Quién nos obliga a estancarnos en lo vetusto, por qué no podemos ser cómo nuestros alumnos y exigir no aburrirnos? ¿Por qué si la infancia es el arte en esencia no lo aprovechamos cómo estrategia para vencer triunfalmente la grieta?


¿Por qué, simplemente, no permiten a las escuelas que eduquen? ¿A los padres, la crianza? ¿A todos, vivir?

No estamos siendo felices, y la poca paciencia que usamos para vivir





[1] En alusión a Jean-Jacques Rousseau, visor de la bondad innata del cachorro humano; Rosseau ya en siglo XVIII propuso proteger al niño de las perniciosas influencias de la sociedad. 

50 años

Me salvé por la edad o por la falta de ella; en casa me decía mi papá cuando era una nena: defensora de pobres, no toleraba las injusticias....