Me salvé por la edad o por la falta de ella; en
casa me decía mi papá cuando era una nena: defensora de pobres, no toleraba las
injusticias. Derechito a ser carne de cañón.
Nunca he sido violenta, al menos en
la física porque hay miradas y lenguas que son peores.
De muy pequeñita, acompañaba a mi
abuela Josefa que era analfabeta a la comisaría. Iba a firmar con su huella
digital embadurnada en tinta lo que supongo sería un certificado de supervivencia
para cobrar la pensión. ¿Por qué lo menciono? La comisaría tenía en el frente
un paredón, lo que me lleva a confirmar que en mi casa la ignorancia era un
hecho. Jamás mi abuela me hubiera arriesgado.
Lo de la avioneta enredada con los
cables y cayendo en una casa a menos de una cuadra quedó en anécdota para los
chicos que estábamos en la vereda viendo pasar a todos los que venían a curiosear,
cantidad de autos también, incluso mis tíos que vivían en Arroyito; o en la de
mi hermano que se salvó por un pelo cuando saltaron el tapial para verlo de
cerca y salieron justo antes de que explotara porque un vecino les gritó. Los años
explicaron que voló muy bajo intentando avisar para que huyeran porque iba a
haber una redada. ¿Quiénes eran los que tenía que escapar? ¿Había panfletos?
Las publicidades ofrecían el “somos
derechos y humanos”, incluso recuerdo las postales de la revista Gente para que
enviáramos al exterior. La fiesta del
Mundial, yendo a calle Mendoza y subiéndonos a una camioneta que nos acercó al
Monumento.
Las Malvinas. Los simulacros subiendo
a la terraza cuando la ciudad quedaba oscura, los chocolates, las cartas y las
bufandas que se enviaban. La Maratón de 24 horas con una Pinky interrumpiendo
su medicación y levantándose de la cama: oro, joyas, autos, televisores; lo más
similar a las damas mendocinas.
Con los años le pregunté a mi mamá
si ellos sabían algo, me contó -ya en plena democracia- que una señora de la
iglesia que ella conocía había sido detenida por averiguaciones por uno de sus
hijos. La señora le decía que “salvo violarla porque era muy vieja” … la salvó
el padre Santidrián que aseguró que ella no tenía nada que ver, también rescató
a otros. Debe ser tremendo conocer la realidad, ser una buena persona y poder
hacer lo mínimo y con cuidado de no ser otro a los que hay que ayudar.
Mi papá me dijo que uno de sus
compañeros había sido detenido, él le preguntó qué haría si se cruzaba al
torturador por la calle. Le respondió “cruzo de vereda”.
50 años.
¿Llegaré a ver una generación, en la
que se les diga a las criaturas, que si ocurre algo malo recurra a un policía
en ayuda? ¿En la que los militares evoquen ser héroes que defienden a la
Patria?